Comentario Cuarta derrota de Los girasoles ciegos, Alberto Méndez.

1. Tema: La frustración del protagonista por no poder alardear de padre en su infancia y el alivio al salir a la luz la verdad sobre él.

2. Resumen:
El protagonista de este relato, Lorenzo, recuerda la admiración que sentían los niños por los padres de los demás. Tino presumía de su padre, que ejercía de picador y de oficinista, y el resto lo admiraban cuando lo recogía en el coche de cuadrillas. Otro, Pepe Amigo, alardeaba de que su padre cazaba pájaros y los chiquillos se maravillaban con su capacidad para conducir la motocicleta con una sola mano. El padre de los Chaburre tenía doce vacas que ordeñaba él solo. Finalmente, Lorenzo confiesa que una vez descubierto su padre y la mentira de su hogar, sintió el consuelo de poder presumir de él.

3. Estructura de las ideas:
El fragmento a comentar lo podemos organizar según las siguientes ideas siguiendo la siguiente estructura:
Los dos primeros párrafos abarcarían la primera parte de la estructura, donde se presenta una descripción de las relaciones entre padres e hijos por el vecindario. Además, se comentan los trabajos de los padres y razones por las cuales tanto hijos como el grupo de chicos los admiran, como por ejemplo el padre de Tino o el de los Chaburre.
La segunda división la conformaría el tercer y último párrafo, donde Lorenzo confiesa que le hubiese deseado mostrar a sus amigos que también tenía un padre que le cuidaba y el alivio que supuso para él cuando la verdad se descubrió. También vemos un autoconvencimiento del orgullo que sentía por su padre.

4. Comentario crítico:
Estamos ante un fragmento de Los girasoles ciegos, la única obra conocida del escritor madrileño Alberto Méndez. El libro fue publicado en 2004, pocos meses antes de la muerte de su autor, quien no llegaría a conocer el éxito de su obra ni los premios que ganó (Premio de la Crítica y Premio Nacional de Narrativa). Esta obra está compuesta por cuatro relatos relacionados entre sí pero que mantienen, por su estructura y su sentido, total independencia.
El texto que comentamos es un fragmento del último relato que da título al libro, Los girasoles ciegos, en el que se presenta el drama cotidiano de una familia perseguida por el régimen franquista. Ricardo, padre de Lorenzo y al que todo el mundo cree muerto, debe contemplar desde el armario en el que vive escondido cómo el cura del colegio acosa a su mujer y pretende adoctrinar a su hijo bajo el catolicismo. El relato combina tres narradores diferenciados tipográficamente: dos de ellos en primera persona (el cura y el chico) y el otro en tercera. El fragmento en el que nos encontramos pertenece al relato de Lorenzo y hace referencia a su infancia desde el presente.

A partir de aquí podemos empezar a centrarnos en los ojos de un niño que con tan solo 7 años ve su infancia trastornada por la situación que acontece en su familia. En la descripción que Lorenzo hace sobre los padres de su pandilla del vecindario, nos muestra un chiquillo ajeno a toda esa admiración y orgullo, con un cierto recelo sin llegar a ser envidia. En la segunda, mucho más breve y en un tono más dolido y conmovedor, recuerda desde el presente a su propio padre. Llama la atención esta perspectiva infantil, pues las virtudes que se destacan de los progenitores de los demás niños son, a ojos de un adulto, un tanto absurdas: de uno se destaca su porte vistiendo el traje de luces, de otro su maña conduciendo una motocicleta con una sola mano y del último su valor al ordeñar él solo doce vacas. Lorenzo sigue hablando como si fuese un niño aún, no desde su visión adulta, tratando de expresar justamente los sentimientos que lo acechaban a tan temprana edad. De esta manera, el contraste es terrible pues el padre de Lorenzo no es que careciera de virtudes de las que presumir, sino que a Lorenzo le estaba prohibido hablar de él, pues debía ayudar a mantener la mentira de que había muerto y nadie debía conocer la verdad que se escondía tras el armario. Lo que se consigue es un ambiente irónico y trágico que esconde una simbología tremenda.  La familia ha construido una mentira que, irónicamente, tras la muerte de Ricardo será destapada por fin. Algo así como que Ricardo muere y hace de su mentira una verdad y el niño por fin podrá hablar sobre él públicamente. El padre amaba a Lorenzo, lo cuidaba y lo enseñaba; y no poder hacérselo saber a la sociedad es lo que realmente traumatiza al niño. Por eso, tras su suicidio, tendrá la necesidad de gritarle al mundo que él también tenía un padre y que le quería, pues esa será la única compensación que obtendrá del fatal desenlace.

Los personajes están sometidos a una gran frustración en este relato, y se podría decir que es la representación del drama sufrido por tantísimas familias durante el franquismo. Te llega profundamente la historia y te permite imaginarte los escenarios de la posguerra española. Te hace preguntarte cómo, a través de este pequeño drama, tan solo una pieza del rompecabezas, Alberto Méndez consigue que compongamos la situación completa. Vemos un hombre frustrado por vivir oculto, escondido y dado por muerto, poniendo en peligro a su propia familia la cual ama sobre todas las cosas. Vemos una mujer fuerte, que lleva el peso de toda la situación familiar que es acosada por el cura del colegio de su hijo, sometida a preguntas, obligada a mentir, a estar siempre alerta de cualquier ruido sospechoso, a borrar todas las huellas que su marido deja por la casa cuando alguien llama a la puerta. Vemos a un niño que crece con su padre en un armario, que también es interrogado en el colegio y también obligado a mentir, que debe rezar oraciones y cantar canciones que no sabe, que es vigilado, perseguido y sobre el que pesan toda clase de sospechas. Y sobre todo, por volver al texto, un niño cuyo padre nadie conoce y que se suicida para que los demás puedan, dentro de lo que cabe, vivir... Tras la lectura de este relato y del libro al completo, pues cada uno es igual o más estremecedor que el anterior, uno no puede dejar de sentir que es imposible restaurar ciertas heridas. Pero las heridas no se borran negándolas ni olvidándolas, sino conociéndolas y reconociéndolas para no repetirlas, único consuelo para los inconsolables dolores de tantos.

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